“La vida es para disfrutarse” dicen. Quisiera saber el nombre de sólo tres personas, tan sólo tres que sean realmente felices con lo que tienen, que no renieguen de nada, que vivan en completa armonía y en ese estado utópico de “FELICIDAD”.
Fumaba lentamente mientras pensaba y contemplaba por la fría noche las gotas de aquella lluvia que llevaba consigo las miles de lágrimas derramadas mezcladas con sudor y alcohol desde varios días atrás.
Un cúmulo de recuerdos le llegó de repente; cuando la conoció, cuando le habló por primera vez, cuando la espiaba al salir del trabajo, lo linda que se veía con aquel vestido blanco, la primera vez que hicieron… el amor. Sonreía al recordar esa dulce mirada que siempre conservaba incluso cuando se enojaba, aquella pequeña arruga en el entrecejo que se le formaba cuando hacía un berrinche por cualquier tontería, los cálidos besos que reconfortaban las frías noches como aquella…
De repente calló un trueno y con él llegaron los malos recuerdos, aquella noche en la que los celos lo cegaron. Él la amaba profundamente y no podía, no quería compartirla, era de él y solo de él. A él le pertenecían las sonrisas, los buenos tratos, los abrazos, su cuerpo, su alma...
Si tan sólo hubiera confiado ella, él no estaría debatiéndose entre la gloria o el infierno y ella no estaría postrada en la cama número cinco del segundo piso de aquel lúgubre y mal oliente lugar llamado hospital.
Desde que discutieron por última vez, no la había vuelto a ver, no podía verla en esas condiciones, llena de tubos, sin sus ojos suplicantes de un beso al verlo, sin sus rizos perfectamente acomodados, sin sus sonrosadas mejillas, sin las tiernas palabras, sin la sutil coquetería…
Lo peor del caso era que el culpable de dicha infelicidad era él mismo. Él quién en un arranque de súbita furia hizo que callera por las escaleras, muriendo dentro de ella la consagración de su amor: un niño, su hijo, la pequeña criatura resultado de los días y noches que ellos se amaron.
Pero se lo debía, se habían jurado amor en las buenas y en las malas, además no podía seguir en ese estado, iba en caída libre y sólo ella podía salvarlo, ella sabría perdonarlo y juntos crearían su hasta entonces: utópica felicidad. Una regadera, un rastrillo y un café eran ahora sus mejores aliados.
Se arregló como la vez que hizo realidad varias de las muchas fantasías por ella pedidas. Esa vez en la que ella dijo el primer: Te Amo.
Pasó por sus flores favoritas, siempre olvidaba el nombre pero sabía que eran aquellas con pétalos amarillos jaspeadas con un rosa muy lindo. En la mano derecha llevaba el ramo de flores, en la izquierda una rebanada de pay de queso preparada por el mismo, en la boca la sonrisa coqueta con la que la había enamorado, en los ojos la súplica ferviente del perdón y en el corazón la promesa de amarla por siempre.
Cuando llegó se recargó en la puerta, ella volteó y sonrió, él dijo “Te amo”, ella calló y cuando iba a pronunciar unas palabras, el monitor anunciaba el definitivo adiós.
Hay ocasiones en la vida de uno en la que hubiéramos preferido no vivir. Hay ocasiones en las que no sabemos para qué estamos en esta tierra. Hay ocasiones en la que desearía dar mi vida con tal de reparar el daño…
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