El otro día estaba platicando con mi prima – hermana, bien, chismeábamos. Eso se oye muy feo, digamos que “nos poníamos al día”, entonces empecemos otra vez.
Hace unos días me ponía al día con mi prima – hermana, ¡y como no ha de ser si vivimos a 2 mil kilómetros de distancia!. Después de contarle de fulanito y zutanito y ella de perenganito, me dijo que tenía que llevar al niño al médico y después tal vez a que lo inyectaran. Varias horas después se volvió a conectar y me platico que padecía de lo mismo que nosotras en nuestra niñez: infección en la garganta y que en efecto necesitaba inyecciones, pero que este menganito es muy valiente, que llego, informó su diagnóstico a la cruel enfermera, pasó a la camilla, aguantó como héroe el cruel piquete y el paso de la doliente medicina, se levantó y dio las gracias. ¡Vaya! ¿quién no se sorprendería de este angelito?
Inmediatamente me llegó un flashback de…, bueno, omitamos los años… El chiste es que recordé mi infancia, la cual afortunadamente no la viví sola, tenía cómplices, éramos hermanos siendo primos, colegas, confidentes y a la vez traidores e hirientes, éramos NIÑOS.
Nuestra gran casa constaba de un gran jardín con pasto y muchas muchas flores a nuestra disposición junto a un enorme patio, que cuando este estaba lleno de nuestra ropa recién lavada y colgada para que se secará, corríamos al taller del abuelo, a la terraza o porqué no a la recámara de nuestros adorados abuelitos. Lugares mágicos en dónde encontrábamos TODO para divertirnos, para nosotros no había obstáculos, todo era mágico, funcional y servible y si no era así, nosotros le encontrábamos el modo.
Una vez teníamos ganas de patinar, pero no teníamos patines, pero como ya les conté, para nosotros no había imposibles, hicimos nuestra propia pista, sólo requerimos de dos ingredientes: crema para el cuerpo y talco perfumado y ¡voilá!...
En nuestra curiosa terraza había una abundante enredadera, no recuerdo el nombre, sólo recuerdo que eran como pequeños gajos verdes y algunos anaranjados o rojos esparcidos y obvio cada uno tenía un sabor diferente (ajá) eran ideales para jugar y comer. Ahí mismo encontramos dos bichos muy singulares: cochinillas y tijerillas, a estas últimas les teníamos respeto, mejor dicho miedo, no se nos fueran meter al oído y cortarnos el tímpano… (recuerden que éramos niños) las cochinillas no corrieron con tan buena suerte, pues estos extraños amiguitos tenían la fabulosa cualidad de hacerse bolita, por lo que eran las canicas perfectas.
Pero así como fuimos héroes y vencimos criaturas, bichos y regaños, también nos ganó muchas veces la cruel y terrible gripa, ¡maldita!, si le daba a uno, obvio nos daba a todos, estornudos, calentura, dolor de garganta, ronquera y encierro eran lo peor que nos podía pasar, hasta que llegaba el fatal tratamiento del tipo ese de bata blanca: 1 000 000 U de ampicilina vía intramuscular, cada 24 horas x 3 días.
El llanto era inevitable, así como las promesas de que no volveríamos a mojarnos o a comer frío, ponernos el suéter y cosas por el estilo, pero nada funcionaba. Cuando íbamos con la enfermera, cabe mencionar que era nuestra vecina y por comodidad para nuestras mamás nos llevaban con ella, nos recibía con “otra vez ustedes, de segurito llorarán, pero más vale que se pongan flojitas o las picaré doble”. Cada que lo recuerdo es inevitable reírme del gran fandango que hacíamos, no llorábamos, ¡berreábamos!, pataleábamos y sin poder hacer nada, el hiriente piquete, llegaba. Con él, el soborno de una golosina con tal de dejar de llorar. Por todo lo anterior es mi asombro que el ahora nuestro sucesor sea todo un caballero valiente, que asuma con heroísmo tan cruel tratamiento.
Y así me la puedo pasar contándoles miles de travesuras pero sería balconearnos y además es mejor recordarlo en reuniones con alcohol, pizza y rock. De los malos momentos, obvio que si hubo, fuimos niños pero ya los olvidé, los gratos recuerdos de esas travesuras pueden más y hoy es inevitable reír al recordar. A ellos se suman las travesuras que hacemos ahora de adultos cada que nos reunimos, pero de esas, no les contaré.
Que fabuloso es olvidarnos por un tiempo de nuestros problemas y viajar de nuevo al pasado, recordar lo bueno, reír por lo malo, llorar por lo que se fue pero reviviendo a nuestro niño interior que sabe que todo se superará con un poco de chocolate, que con helado la vida es mejor o que mojarse en la lluvia es lo máximo que nos puede pasar en la vida, ese que no sabe de deudas, problemas o desamores.
Avivemos cada día un poco de esa alegría que nada nos cuesta y que mucho nos aporta. Por cierto, ¿se acuerdan de este cuento? Este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés, ¿quieres que te lo cuente otra vez? :)
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